lunes, 21 de septiembre de 2009

Chung-Ling-Soo (1861-1918)

Oriental, inexcrutable, sin dcir una palabra en el escenario, el gran mago chino Chung-Ling-Soo se anunciaba como "El regalo de Dios a los mortales".

Sin embargo, este gran mago chino, no era chino. Su nombre era William Ellsworth Robinson y había nacido en Nueva York en 1861 en una familia de origen escocés.

Desde muy joven se dedicó a la magia, trabajando como ayudante para magos como Kellar y Alexander Herman para los que construía aparatos para grandes ilusiones.

Más tarde, trabajó solo con su nombre verdadero hasta que un día decidió imitar a un mago chino que entonces tenía gran éxito: Chung-Ling-Foo. Pronto el imitador fue más famoso que el imitado. Con su cabeza afeitada, luciendo una vistosa coleta y un elegante vestuario, Chung-Ling-Soo recorrió el mundo triunfando con su espectáculo de mas de 40 ilusiones grandes y pequeñas. Y ya fue siempre para todos el misterioso mago chino que mostraba al público los arcanos y la magia de oriente.

Uno de sus números más famosos era pescar peces del aire, lanzando desde el escenario el anzuelo de su larga caña donde súbitamente aparecía un pez vivo que coleteaba hasta que era desenganchado y echado a una pecera.

En otra actuación de una caja vacía salía primero una moneda, luego otra, y otra, después un torrente, hasta que el escenario se llenaba de monedas. Luego, cuando todo parecía haber terminado, de la caja caía un billete de banco, otro más y luego una verdadera lluvia de billetes que lo cubrían todo. Como final, aparecía al fonde del escenario un gigantesco billete que se transformaba en una moneda gigante.

Pero sus trucos eran también excitantes y peligrosos, teniendo al público en tensión durante las más de dos horas que duraba su espectáculo.

Hacía aparecer a su esposa y ayudante Suee-Seen de una caldero de agua hirviendo y la atravesaba con una flecha o con una espada, colocándola siempre en situación de peligro.

Pero su número más dramático era su desafío a la muerte por fusilamiento, en el que cogía con los dientes la bala que le disparaban.

Y fue esta ilusión que tantas veces había realizado la que le costó la vida.

El veredicto de Scotland Yard fue de muerte por accidente. Pero los rumores eran inevitables, se habló de un suicidio, de la venganza de una sociedad secreta, del castigo de los dioses al mortal que había desafiado su poder, ¡y allí comenzó una leyenda! Desde entonces, Chung-Ling-Soo fue más recordado por su macabra muerte que por las excelencias de su magia durante su vida.

Ramón Riobó en "La increíble historia de la magia"

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