
Harry Houdini, el mago más popular de todos los tiempos, poseía una extensa colección de esposas, grilletes y candados. No resultaba extraño sorprenderle escudriñando la cerradura del camerino en los teatros en los que actuaba o de la puerta de la habitación de hotel en la que se hospedaba. Reunía cuantos datos podía obtener sobre la disposición interior de las prisiones y sus sistemas de seguridad. Con el tiempo llegó a la convicción de que no existía ningún procedimiento del que no pudiera librarse. Y lo proclamó a los cuatro vientos.
La primera vez que actuó en Inglaterra sus afirmaciones fueron consideradas simples bravatas de caracter propagandístico. El público reaccionó despectivamente. Su debut en Londres fue un rotundo fracaso.
Un empresario le preguntó con sorna si sería capaz de liberarse de las esposas de Scotland Yard cuando las deudas le condujeran a la cárcel.
Como Houdini respondió afirmativamente, el empresario concibió la idea de un desafío a la más prestigiosa policía del mundo.
-Si es verdad lo que dice -cometó, mientras señalaba el patio de butacas vacío- dentro de poco no cabrá aquí un alfiler.
El intendente general de Scotland Yard no quiso oír hablar de una prueba que a su juicio no tenía otro interés que el publicitario. Pero la insistencia de Houdini acabó por sacarle de sus casillas. No estaba acostumbrado a que pusieran en duda la eficacia de la institución que dirigía.
Con gesto cansino y despreciativo invitó al mago a que situara sus manos alrededor de una columna y aferró a sus muñecas las esposas. Se guardó la llave en el bolsillo e invitó al empresaio a tomar té en su despacho.
-Creo que necesita usted una pequeña lección -afirmó antes de marcharse- dentro de una hora volveré para liberarle.
Pero no bien hubo traspasado la puerta de la habitación, sintió una mano en el hombro. Al volverse contempló el rostro sonriente de Houdini que le tendía las esposas abiertas.
-Tendrá usted que disponer una taza más- comentó el mago, cuyos retos a partir de ese incidente jamás volveron a ser tomados a broma.
Ramón Mayrata (extraído de "La increíble historia de la magia")
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