
En 1956, las autoridades coloniales francesas se enfrentaban a una creciente insumisión de las tribus argelinas. Estaban persuadidas de que la mecha de estas rebeliones era atizada por los jefes religiosos que gozaban de un gran prestigio entre la población a causa de sus poderes taumatúrgicos. ¿Cómo contrarrestar esta influencia? La fuerza de las armas se revelaba inútil, de modo que optaron por trasladar la lucha a su propio terreno: el terreno de los prodigios.
Para ello reclamaron al más famoso ilusionista de Francia,
Robert-Houdin, que acudió a Argel provisto de lo mejor de su repertorio. En el teatro Imperial fueron convocados todos los notables de las tribus y, con ellos, los santones y morabitos.
Houdin era consciente de que no se trataba de una representación corriente. Su objetivo era suscitar, por encima de la admiración, el temor. Para culminar su espectáculo escogió un juego sencillo. Mostró un cofre ligero que hasta un niño podía levantar sin dificultad. Anunció que probaría ser capaz de dspojar de su fuerza a cualquiera de los presentes por musculoso que fuera. Solicitó un voluntario.
Un árabe de complexión robusta subió al escenario.
-¿
Estás seguro de tu fuerza?- le preguntó Houdin. Y seguidamente le señaló el pequeño cofre.
El áraba, con desdén, intentó levantarlo en el arire. Pero el cofre no se movió un ápice.
-¿
Reconoces tu debilidad?- insistió el mago.
El árabe redobló sus esfuerzos. Gruesas gotas de sudor discurrían por su piel. El orgullo y la vergüenza le impiden darse por vencido. De pronto se contrae, sus piernas no le sostienen, rueda por el suelo convulso, deshecho en gritos de dolor.
Una secreta seña del mago provoca que la corriente eléctrica cese.
El árabe se levanta horrorizado, se envuelve en su túnica y desaparece a través del patio de butacas, mientras los espectadores invocan aterrorizados el nombre del demonio.
Por
Ramon Mayrata en
"La increíble historia de la magia"